¿Sabes por qué cuesta tanto hacer yoga?

Porque no practicamos lo suficiente.
Y me dirás que esto no tiene sentido. Pero lo tiene.
Cuando practicamos yoga, entramos en un estado de conexión entre cuerpo, mente y respiración al que no estamos acostumbradas pero que reconocemos que nos sienta bien.
Justo al salir de una sesión, si te pregunto si vas a repetir me dirás que sí porque te sientes genial y lo tienes claro
Luego pasan las horas y los días, y cuando llega el momento de volver a la esterilla, la sensación se ha difuminado, la has olvidado entre tantas otras vivencias que has tenido desde que saliste de la clase.
Ya no tienes ese efecto reciente y el esfuerzo de sacar tiempo y hacer la práctica te parece demasiado.
Y dejas pasar una clase.
Y luego otra.
Y así, al final ya no recuerdas lo bien que te sentó y no te propones volver a hacerlo.
Por eso, si no practicas a menudo, aunque sepas lo bueno que es, tu cuerpo y tu cabeza no se acuerdan de una vez para otra. Y es más fácil buscar excusas que motivos.
De ahí que la mejor forma de vencer esa resistencia sea practicando.
Ahí lo tienes
Lo he comprobado en mis alumnes a lo largo de los años dando clases. El compromiso con la práctica es lo que te hace fiel a ella 🥰
Y entonces, solo tienes razones para volver al yoga.

Hubo un tiempo en mi vida en que todo lo que podía hacer era repetir una y otra vez los mismos movimientos de yoga. Y eso me parecía un triunfo.

Verás, en verano de 2012 tuve un infarto cerebral que me afectó la movilidad de la pierna derecha. Durante dos años necesité un bastón para caminar, algo que hacía con mucho dolor y mucha dificultad.
Los especialistas no me daban muchas opciones e incluso llegaron a decirme que no volvería a usar el pie derecho (que estaba completamente inerte) La única solución que ofrecían era tomar medicamentos para el dolor y poco más.
Pasaba los día y las horas del sillón a la cama, del dolor a la medicación. Mi vida entera se vino abajo: no podía trabajar, no podía hacer deporte, ni siquiera podía ir a nadar porque cualquier esfuerzo era agotador.
Encerrada en casa, lo único que me quedó fue el yoga.
Llevaba unos cuatro años practicando con diferentes maestros. Mi entusiasmo me había llevado a indagar y completar por mi cuenta las escasas explicaciones que recibía en las clases. Devoraba los vídeos y los post que encontraba en internet.
Podría decirse que, sin saberlo, había ido completando una formación autodidacta en yoga. Por aquel entonces yo ni siquiera imaginaba que eso se estudiaba en algún sitio.
Y en 2012 llegó el momento de poner en práctica todo lo que había aprendido. Y el examen fueron aquellos dos años.
Cada día me levantaba con un dolor extremo que me quitaba las ganas de hacer nada. Pero yo vivía sola. Así que tenía que valerme por mí misma para lo esencial: ducharme, vestirme y alimentarme.
De forma innata mi cuerpo me llevaba a hacer posturas de yoga que había integrado en esos años de práctica. Nada complicado, movimientos muy suaves y lentos, sintiendo la respiración en todo momento marcando el ritmo. Y así conseguía hacer lo mínimo. Luego necesitaba descansar varias horas. Pero cuando tocaba moverse otra vez, repetía el proceso: algunas posturas, respiración, movimientos lentos. Y podía acometer la siguiente tarea (como ir al baño o levantarme a por un vaso de agua)
Con el paso de los días, los momentos en la esterilla se convirtieron en los únicos en que la pierna dejaba de doler un poco y me atrevía a hacer algo más de todo el yoga que mi cuerpo había ido integrando en esos años. Al final, aunque no podía sentir la pierna, mis movimientos empezaron a ser más fluidos. Y cada vez pasaba más tiempo practicando por gusto en lugar de por necesidad.
Hoy puedo decir con mucha satisfacción que el yoga fue lo que me ayudó a recuperar la movilidad de mi pierna.
Si la práctica diaria de yoga pudo conseguir eso en mi cuerpo ¿Te imaginas lo que puedes conseguir en el tuyo?

 

¿Tienes alguna pregunta? ¿No sabes si es para ti? 

 

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